Hoy en mi ciudad llueve sin parar, como en casi todo el país. Hoy, penúltimo sábado de mayo, el cielo está gris plomizo y hasta los tejados rojos parecen haber tomado algo de ese gris. Llueve, detrás de los cristales, llueve y llueve, como cantaba Serrat. Igual. Y, como él, yo también os podría contar muchas cosas de soledades y tristezas, de risas y guiños, de una vida vivida. De una paz lograda a fuerza de batallas y que ahora, a veces, el más leve estornudo consigue hacerla temblar desde sus cimientos, desmoronando en segundos el preciado trofeo conseguido a lo largo de los años. Pero vuelvo a recuperarlo cuando pienso en tantos y tantos caminos andados, en tantos otoños siendo hoja amarillenta de remolinos, siendo soledad blanca en interminables inviernos sin abrazos, siendo el paso quedo y silencioso que con tenacidad llegó a donde está ahora y que no retrocede si no es para recuperar la huella, necesaria a veces, para seguir caminando de forma más segura.

He regresado a mi ciudad, no hace mucho tiempo. Después de sufrir una larga y dolorosa reconciliación con sus calles, su aire y su olor. Ha sido un largo proceso, años. Y cuando comprendí que estaba fortalecida para volver decidí hacerlo, pero para quedarme. Ya no le recrimino nada cuando la camino. Dejo que me enrede como entonces, que me traiga rostros y me devuelva risas por todas las lágrimas que me costó amarla, olvidarla y recuperarla de ese olvido dormido. Ahora me acaricia y nos regocijamos juntas por todo lo vivido y juntas lloramos lo definitivamente perdido, pero hombro a hombro como amigas inseparables y cómplices de la vida que fue y de la que nos espera.

He regresado a vivir en paz con mis fantasmas.